“...estando él
[Pedro] aún hablando, el gallo cantó. Entonces el Señor se volvió y miró a
Pedro, y Pedro se acordó de la palabra del Señor como le había dicho: “Antes
que el gallo cante hoy, me negarás tres veces”. Y saliendo fuera, Pedro lloró
amargamente (Lucas
22:60b-62, RVA-2015).
Si ha habido un
punto bajo en la vida de alguien, fue ese momento en la vida de Pedro. Acababa
de traicionar a su Maestro, a su amigo, a quien le había dedicado 3 anos y
medio de su vida. Pero el susto unido al orgullo y a los impulsos naturales de
su vida le llevaron a hacer lo que nunca pensó que haría. Quizás puedes
identificarte con esa situación, se que yo puedo hacerlo. Esos momentos cuando
sin pensarlo actúo contrario a lo que se que Dios espera de mi, en contra de
mis mejores intenciones... Es cuando duele reconocer cuan lejos estoy de lo que
quiero ser, de lo que Dios quiere que yo sea y cuando me doy cuenta de que con
mis fuerzas no puedo. Las lágrimas de Pedro estuvieron llenas de vergüenza y
dolor por lo que había pasado.
El canto del
gallo se convirtió en un recuerdo de su error, que lo llevaba a revivir ese
momento. Y el pudo haberse quedado allí,
avergonzado, dolido, marginado, triste cada vez que escuchara un gallo cantar. Pudo
dejar que ese momento definiera su vida. Y así habría quedado, como el hombre
que anduvo con Cristo y luego cometió un error y se fue para no volver.
Pero Pedro había
vivido demasiados momentos con el Maestro como para alejarse tan fácilmente.
Conocía el corazón de Cristo y sabía que había mucho amor allí, que un corazón
arrepentido y humillado nunca es despreciado. Por lo que se mantuvo cerca,
expectante. Y su esperanza no fue en vano. Cristo le dio la oportunidad de ser
restaurado, para que Pedro y los demás discípulos supieran que el no estaba
fuera del reino, sino que la gracia lo había alcanzado y sanado. De ahí en
adelante el canto del gallo empezó a ser un recordatorio de la victoria
obtenida.
Dios no nos
define por nuestros momentos bajos, por los errores que cometemos, sino por
nuestros momentos de arrepentimiento verdadero, de búsqueda incesante de Su
Presencia, de cercanía constante con la Palabra. Porque es cuando estamos de
rodillas ante El y aceptamos que hemos fallado y que necesitamos Su perdón que podemos
ser restaurados.
Señor reconozco
que mis errores son muchos, pero te agradezco que por cada uno de ellos tu me
has dado una nueva oportunidad de ser sanada y restaurada. Gracias por tu
gracia que me cubre, por las nuevas oportunidades, por aceptarme y ser parte de
tu familia y darme un lugar en tu reino. En el nombre de Jesús. Amen.
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